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Arquitectura popular y calendario festivo

Capítulo V. Actividades socio culturales

Junto a la parcelación que hemos dispuesto desde el punto de vista cultural de lo que es solar murciano, y aunque lo hayamos hecho de una manera más o menos ajustada a lo que podemos comprender como diferentes espacios que en ellos mismos observan una cierta homogeneidad cultural, debemos pasar a ver lo que es la piedra angular sobre la que se establecen las relaciones inmediatas de los seres humanos con la tierra, como es la casa, una realidad que asi mismo debemos tenerla como parte integradora de lo que es su paisaje.

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De la arquitectura popular: la casa

Y es que la casa, siempre, en todo medio tradicional, se ha considerado como una especie de santuario propio, en el que transcurre la vida desde el mismo momento en que ésta es fe- cundada, el lugar en que se nace y se pasa la niñez y juventud, para, cuando se cumple la edad, salir de ella y ya pasar al estado de casado o vagar por el mundo entregado al azar que conlleva la aventura. Así se inicia un nuevo ciclo, en el que aparece la procreación de la prole hasta que por último, en un día que se sabe que ha de llegar, se va a morir.

Junto a todo ello, está el hecho de que la casa es un espacio medular que, en sí mismo, ha de contemplar una armonía plena con todas las condiciones que impone el lugar habitado.

De ahí, que ante todo, debamos tener en cuenta que la casa tradicional, en todo momento ha sido concebida a través de una funcionalidad que la ha condicionado tanto en una estructura primera a la que, confrecuencia, han ido adosándose nuevos espacios que se corresponden con nuevas necesidades, o se manifiesta en los materiales que la sustentan, y que siempre han estado en concordancia con la economía que la ha hecho posible.

Y ello, se ha producido dentro de una caracterización propia que está presente en mil detalles, lo que ha hecho que se corresponda de manera natural con un ámbito envolvente.

Así, en primer lugar, podemos tener en cuenta la casa de la huerta, la barraca, que hoy, cuando no se ha quedado en pie ni una de las miles que la poblaron, ha pasado a la categoría de símbolo de un tiempo pretérito de una huerta que se quiere mostrar colmada de añoranza, lo que es algo más que dudoso si se tiene en cuenta algún detalle como puede ser su falta de higiene, junto a una larga serie de incomodidades propias de la pobreza que reflejaba.

FOTO 1. CASA TORRE DE LOS ALMODÓVAR EN LA HUERTA DE MURCIA. FOTO F. FLORES ARROYUELO

FOTO    1. CASA TORRE DE LOS ALMODÓVAR EN LA HUERTA DE MURCIA. FOTO F. FLORES ARROYUELO

FOTO 2. TORRE MATA, EN UN PRIMER MOMENTO TORRE DEFENSIVA, MÁS ADELANTE CASA SOLARIEGA, Y POR ÚLTIMO CASA DE CAMPO. FOTO F. FLORES ARROYUELO

FOTO 2. TORRE MATA, EN UN PRIMER MOMENTO TORRE DEFENSIVA, MÁS ADELANTE CASA SOLARIEGA, Y POR ÚLTIMO CASA DE CAMPO. FOTO F. FLORES ARROYUELO

FOTO 3. TORRE MORA EN EL CAMPO DE CARTAGENA. FOTO F. FLORES ARROYUELO

FOTO 4. LA CASA POPULAR, CON FRECUENCIA, APARECE CON FACHADAS DE FUERTES COLORIDOS. FOTO F. FLORES ARROYUELO

FOTO 6. LA BARRACA O VIVIENDA DE LOS ARRENDADORES DE LA HUERTA DEL SEGURA. FOTO G. LÓPEZ MARTÍNEZ.

FOTO 5. LA CASA POPULAR FORMA UN CONJUNTO DE HABITÁCULOS LEVANTADOS CON UNA INTENCIÓN FUNCIONAL, COMO EL PALOMAR, LAS ESTANCIAS DEL PATIO, EL HORNO ADOSADO... FOTO F. FLORES ARROYUELO

La barraca, la humilde casa del huertano murciano, era una edificación levantada en las cuatro o cinco tahúllas que por término medio cultivaba, su propietario o, como era más frecuente, el arrendatario. Tenía una planta rectangular de 8 x 4 o 5 metros, con los frontales delantero y posterior en forma de pentágono terminados en su ángulo superior de manera muy aguda, unido por dos muros sobre los que caían las dos lomeras de cubierta.

Dichos muros, que se levantaban sobre una cimentación poco profunda, eran de atoba o adobes, elaborados a pie de obra sobre una mezcla de barro con paja depositada en moldes de madera que eran rasados con la mano para, a continuación, pasar a ser secados al sol, aunque los de las bases de los muros solían ser cocidos.

Sus muros se enlucían con yeso, y su pavimento era de tierra apisonada hasta que quedaba bien lisa y compacta, lo que permitía ser rociado en los calurosos días del verano para conseguir una ambientación fresca.

Sobre los dos vértices de dichos frontales, se tendía una viga que servía de lomera, generalmente de pino, en la que descansaban las dos cubiertas tendidas sobre ligeros palos de chopo o de troncos de girasol, que se trababan con liceras o cañas para formar un cuerpo más fuerte. Sobre ella, se tendía un manto de paja, sisca y de albardín o esparto fino, que se presentaba escalonado desde sus parte inferior hasta alcanzar la cima de la lomera. Su interior constaba de dos piezas: la entrada, en la que estaba el tinajero pintado de almagra en el que se guardaba el agua de las lluvias de enero y por sus muros había lejas en las que se disponían los lebrillos, platos, botijos, jarras, fuentes, cristalería...

En invierno y verano dicha habitación hacía de comedor entorno a una mesa tocinera y de estar, pues con buen tiempo la vida doméstica solía hacerse al aire, delante de la puerta bajo la parra o al amparo de la higuera. La cocina solía estar en el exterior de la barraca, sobre un poyo de obra protegido por un tambalillo.

En la parte posterior de la barraca, que ocupaba un tercio de la misma, quedaba la alcoba que a su vez se repartía en dos cuartos, aunque en su mayoría su división se hacía con una sábana colgante. Allí estaba el arca, robusta y capaz, de pino rojo con herrajes de chapa y clavos. Los colchones de las camas eran de perfolla de maíz. Y en sus paredes colgaban estampas de la Virgen de la Fuensanta, algún San Blas, y una Cruz de Caravaca. Junto a la barraca quedaba la barraqueta para los animales domésticos, el horno de cocer pan o asar patatas de cámara semiesférica, el pozo, así como la pila de lavar...

Otro tipo muy común en la huerta y en los barrios periféricos de la Murcia era la casa cuadrada, conocida por casa mora, aunque en realidad perteneciese a un caso prototípico mediterráneo que tenía su techo con una terraza de lágena que la impermeabilizaba.

También aparecían en la huerta las casas llamadas Torres que, desde los siglos medievales, fueron residencia de las familias nobles. Tenían una estampa de casa solariega como nos lo muestran las pocas que han quedado en pie, y como tales solían ser habitadas en el estío, momento de recogida de las cosechas. Estas casas eran de planta cuadrada o ligeramente rectangulares, siendo su estructura y construcción sólidas por estar levantadas con materiales fuertes, y su denominación provenía de la torre con que invariablemente se remataban.

Todavía se alzan algunas de las edificadas durante el siglo XVIII, como la torre de Ayllón en Puente Tocinos, la torre Almodóvar y la de los Miralles en Alquerías, torre Amo- res en Tiñosa... En los medios rurales se levantaban las Casas grandes, como la dicha de Las Bombas o la de Espinardo, que no hace mucho fue mutilada.

Con buen tiempo, la vida doméstica solía hacerse al aire, delante de la puerta, bajo la parra o al amparo de la higuera.

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